Cada edición del Zinemaldia tiene una sección que despierta una curiosidad especial entre los aficionados al cine más inquieto. Esa sección es Zabaltegi-Tabakalera. Mientras la Sección Oficial concentra las grandes alfombras rojas y los nombres más conocidos, Zabaltegi continúa siendo el espacio donde caben las películas difíciles de clasificar, las óperas primas, los cineastas consagrados que experimentan con nuevos formatos y las propuestas que probablemente marcarán el cine de los próximos años. En 2025 esa sensación volvió a repetirse.
La programación reunió 23 trabajos —largometrajes, mediometrajes y cortometrajes— procedentes de cinematografías muy diversas, confirmando una vez más la vocación de la sección por descubrir nuevas miradas y ofrecer un cine libre de etiquetas.
Como suele ocurrir en Zabaltegi, no todas las películas funcionaban igual de bien. Había obras más exigentes, otras más accesibles y algunas que dividieron claramente al público. Pero precisamente ahí reside el atractivo de esta sección: aquí el espectador entra en la sala sin saber muy bien qué va a encontrar, y esa incertidumbre forma parte de la experiencia.
Entre las películas que más comentarios generaron destacó La tour de glace, de Lucile Hadžihalilović. Su universo visual, lleno de misterio y de imágenes de gran belleza, volvió a demostrar la personalidad de la directora francesa. No es una película sencilla, pero se te queda en la cabeza algún después de verla. El jurado terminó reconociéndola con el Premio Zabaltegi-Tabakalera, un galardón que muchos consideraron plenamente merecido.
También llamó la atención Urchin, el debut como director del actor Harris Dickinson. La película sorprendió por la sensibilidad con la que retrata la exclusión social y por la fuerza de su protagonista. Lejos de buscar el impacto fácil, Dickinson demuestra una mirada madura y un notable dominio del lenguaje cinematográfico, confirmando que su futuro detrás de la cámara puede ser tan prometedor como su carrera como actor.
Entre las producciones españolas, Estrany riu, de Jaume Claret Muxart, dejó una impresión muy positiva. Se trata de un relato delicado sobre la adolescencia y el descubrimiento de uno mismo, contado con un ritmo pausado y una gran sensibilidad hacia los pequeños gestos. No es una película que busque grandes emociones, sino que invita al espectador a dejarse llevar por las imágenes y las sensaciones.
La presencia de cineastas como Hlynur Pálmason, Luis Ortega, Sho Miyake o Paz Encina volvió a demostrar el prestigio internacional de una sección capaz de reunir autores consolidados con nuevos talentos en un mismo programa. Esa mezcla convierte cada jornada de Zabaltegi en una oportunidad para descubrir películas que difícilmente encontrarán espacio en los circuitos comerciales.
Quizá ese sea el mayor mérito de Zabaltegi. En un momento en el que muchas programaciones cinematográficas tienden a ser previsibles, esta sección sigue apostando por el riesgo. Aquí importa más la personalidad de una película que su presupuesto o la fama de quien la dirige. Algunas propuestas entusiasman, otras desconciertan y alguna incluso puede resultar fallida, pero pocas dejan indiferente.
La edición de 2025 volvió a confirmar esa identidad. No fue una selección perfecta —ningún festival lo es—, pero sí muy coherente con la filosofía que ha convertido a Zabaltegi en una de las secciones más respetadas del Zinemaldia. Frente al brillo de las grandes producciones, aquí sigue encontrando su lugar un cine que se atreve a probar caminos nuevos, que no teme equivocarse y que entiende el festival como un espacio para el descubrimiento.
Al final, muchos de los mejores recuerdos que deja cada Zinemaldia no nacen necesariamente de la Sección Oficial, sino de esas sesiones en Tabakalera donde uno entra sin expectativas y sale con la sensación de haber descubierto una película de la que se seguirá hablando durante mucho tiempo. Esa capacidad para sorprender sigue siendo, año tras año, la mejor carta de presentación de Zabaltegi.